Alcance y límites
Qué se sabe de los arquetipos de las diosas
La versión corta: la idea de arquetipo no tiene el respaldo que suele suponérsele, dos de los tres grupos no son tan antiguos como parecen, y el libro del que sale todo esto no trae ningún cuestionario. Nada de eso lo decimos nosotros.
Revisado el 16 de septiembre de 2026.
De dónde sale la palabra «arquetipo»
Bolen no inventa el concepto: lo toma de Jung, que llamó así a ciertas imágenes y patrones de relato que, sostenía, aparecen una y otra vez en culturas distintas porque capturan algo duradero de la experiencia humana. Lo que ella aporta es el vocabulario: usar siete figuras griegas que casi todo el mundo reconoce a medias para hablar de patrones internos.
El concepto de arquetipo, en la fuente de la que Bolen lo toma prestado. Documenta qué sostiene Jung; no aporta la medición de que eso se sostenga. Fuente: Jung, The Archetypes and the Collective Unconscious (1968).
Y lo que la investigación dice de esa idea
Aquí está el dato que cambia cómo hay que leer toda la sección, y lo importante es quién lo firma: no un escéptico de fuera, sino el Journal of Analytical Psychology, la revista de la propia psicología analítica. Su conclusión es que no hay fundamento científico firme para sostener que patrones simbólicos complejos se transmitan de modo que toda persona tenga acceso a ellos, y que esa transmisión solo puede teorizarse por cultura y socialización, no por biología. De paso, enumera cuatro conceptos distintos de arquetipo dentro de la obra de Jung que se contradicen entre sí.
Fuente: Roesler, «Are archetypes transmitted more by culture than biology?».
Va en la misma dirección la revisión más elaborada del concepto hasta la fecha, que contrasta la hipótesis de Jung con la ciencia cognitiva, la psicología del desarrollo y la teoría del apego: los arquetipos no se sostienen como imágenes heredadas genéticamente.
Fuente: Knox, Archetype, Attachment, Analysis: Jungian Psychology and the Emergent Mind.
Esto no derriba la sección: la reencuadra. Si estos patrones se transmiten por cultura, siguen describiendo algo real —lo que una cultura premia y lo que reprime—, y encaja con lo que dice la propia Bolen cuando llama a cada mujer «mujer intermedia»: empujada desde dentro por arquetipos y desde fuera por estereotipos. Lo que ya no se puede decir es que sean universales ni innatos.
Y hay una pieza histórica que encaja justo ahí. La filología ha estudiado cómo se construyeron estas figuras femeninas antes de que nadie las llamara arquetipos, y el caso mejor trabajado es el de Semíramis en los repertorios de mujeres ilustres de los siglos XV y XVI: los autores seleccionan y manipulan los datos de una misma figura «en función de sus propósitos», y es precisamente la versatilidad del modelo la que les permite usarla para ilustrar virtudes o vicios opuestos según su ideología.
Dicho de otro modo: si estos patrones se transmiten por cultura, aquí está documentado cómo funciona esa transmisión con las propias figuras del asunto. No son descripciones estables que hayan llegado intactas: son vehículos que cada época reescribe.
Filología, no psicología: documenta cómo se construyeron estas figuras, no si la teoría de Bolen se sostiene. Fuente: González Doreste y Plaza Picón (eds.), Estereotipos femeninos desde la antigüedad clásica hasta el siglo XVI.
Lo que concede el propio libro
Tres cosas, y las tres las escribe Bolen sin que nadie se lo pregunte. La primera: solo las diosas vírgenes iban ya juntas en la antigua Grecia; los otros dos grupos son clasificación suya. Dos tercios del reparto son del siglo XX. Está desarrollado en la página de los grupos.
Y lo dice aún más fuerte en su introducción, que conviene leer con calma: «al seleccionar siete diosas griegas y clasificarlas en tres grupos específicos […] he creado una nueva tipología». No es un reparto heredado que ella recoge: es suyo, de 1984. Precisa incluso qué parte añadió sobre la teoría junguiana —la tercera forma de conciencia, la de Afrodita—, porque las otras dos, la centrada y la difusa, ya estaban descritas.
La tercera: el libro no contiene ningún cuestionario. Son capítulos temáticos y casos clínicos. Cualquiera que ofrezca «el test de Bolen» está ofreciendo el suyo con el nombre de ella — y eso nos incluye: el de este sitio también es nuestro, y lo dice en su primera pantalla.
Fuente: Bolen, Las diosas de cada mujer: una nueva psicología femenina.
Sí se ha medido, y el resultado es incómodo
Este apartado empezó siendo una confesión: esta página estuvo a punto de afirmar que no existía ninguna medición académica de los siete arquetipos, y era falso. Existe una tesis doctoral de 2004 en la Universidad Estatal de Oklahoma que construye una escala de 64 ítems —la HAGS— sobre el modelo de Bolen, y que se propone justamente eso: averiguar si se puede medir.
Se envió por correo a mil mujeres, pacientes de una consulta privada de ginecología del Medio Oeste rural de Estados Unidos. Respondieron 263. Y esto es lo que encontró, escrito por quien construyó el instrumento:
- Las siete escalas se quedan cortas de fiabilidad. Van de 0,43 a 0,69, cuando el umbral habitual es 0,70. Las de Artemisa y Atenea caen en el rango que la propia autora califica de inaceptable.
- Y la estructura de siete no apareció. El análisis factorial arrojó primero dieciocho factores, y la solución que se retuvo tiene nuevecomponentes, no siete. Su conclusión, literal: el análisis mostró factores inestables y no produjo evidencia de una medida válida.
- Lo que sí emergió fueron los papeles tradicionales. Los componentes reconocibles corresponden a la hija, la esposa y la madre; no salió ninguno propio de Artemisa, Atenea ni Afrodita. La autora lo conecta con lo homogénea que era su muestra —90,5 % blancas, 81 % casadas— y con la frase de la propia Bolen: la sociedad refuerza unos patrones de diosa y reprime otros.
Y aquí hay un encaje que ninguna de las dos partes vio entera. Bolen no escribió en abstracto que la cultura refuerza unos patrones y reprime otros: en 1984 dijo cuáles. Que en las sociedades patriarcales los únicos papeles aceptables suelen ser los de la doncella, la esposa y la madre —Perséfone, Hera y Deméter—, y que algunas culturas «reprimen cualquier indicio de Artemisa, Atenea o Afrodita».
Veinte años después, midiendo a 263 mujeres de una zona rural en su mayoría casadas, los componentes que emergieron fueron Perséfone, Hera y Deméter, y no emergió ninguno propio de Artemisa, Atenea ni Afrodita. Las tres que aparecieron son las tres que ella dijo que una cultura patriarcal refuerza; las tres que faltaron, las tres que dijo que reprime.
Qué se puede decir con eso, y qué no. Que el resultado es compatible con la explicación cultural que el propio libro daba de antemano, lo cual es más interesante que leerlo solo como un fallo del cuestionario. No que lo demuestre: son un estudio con muestra de conveniencia y un libro de 1984, no un contraste diseñado para comprobar esto.
Las dos conclusiones que más pesan no son nuestras. Una: que posiblemente exista un número menor de constructos y el modelo teórico necesite determinarse mejor. Otra, todavía más franca: que la escala podría clasificarse mejor como una medida de identidad de rol de género que de arquetipos activos.
Qué cambia esto para las fichas de este sitio. Menos de lo que parece, y conviene decir por qué. Que un cuestionario no consiga separar siete patrones no significa que las descripciones no sirvan para mirarse; significa que ningún puntaje —tampoco el nuestro— tiene derecho a decirte cuál eres. Es exactamente el motivo de que aquí se devuelvan tres hipótesis y los siete puntajes, y de que cada ficha traiga su párrafo para descartarla.
Y una advertencia sobre los tests de diosas que circulan
Al leer esa tesis apareció algo que conviene saber antes de contestar cualquiera de ellos. Uno de los cuestionarios de diosas más visibles en español sirve esa misma escala traducida: sus diez primeras afirmaciones coinciden una a una, en el mismo orden, con las diez primeras de la HAGS, y usa su misma escala de seis puntos. En su página no aparece el nombre de Hudson ni el de Bolen.
Dicho sin dramatismo: quien lo contesta está respondiendo un instrumento cuya propia autora concluyó que no alcanza fiabilidad, sin que la página se lo diga.
Y hay algo más, que es de traducción y no es menor. Al menos tres de esas diez afirmaciones cambian de sentido al pasar al español, y el caso más claro las acumula las dos:
- El original dice sentirse incompleta; la versión en español dice sentirse inferior. No es lo mismo: una habla de una falta y la otra de una jerarquía.
- El original dice pareja, que no tiene género; la versión en español dice un hombre. Eso deja fuera a cualquiera cuya pareja no sea un hombre, y convierte en heterosexual un ítem que no lo era.
Un ítem traducido así ya no mide lo que medía el original, y quien responde no tiene cómo saberlo. Es la razón de que aquí las 42 afirmaciones estén escritas desde cero y de que la pantalla del cuestionario diga que son nuestras.
Comprobado el 16 de septiembre de 2026 comparando el apéndice G de la tesis con el texto publicado en esa página. Aquí no se reproduce ninguna de las dos escalas: la HAGS lleva copyright de su autora, y este sitio no copia ítems de nadie.
Fuente: Psytests, «Hudson Archetypal Goddess Scale (HAGS)».
Qué pasa cuando alguien sí construye un instrumento de arquetipos
Hay un caso trabajado, y es el más útil de toda esta página: un indicador comercial de doce arquetipos junguianos con manual técnico propio. Su desarrollo costó cuatro años de revisión de ítems, una base de más de trece mil respuestas y un análisis sobre las cinco mil más recientes. Setenta y dos ítems, seis por escala.
Y esto es lo que sus propios autores publican de los resultados:
- Tres de las doce escalas no llegan al umbral de fiabilidad que ellos mismos fijan.
- En el análisis factorial, solo tres de las doce alcanzan la independencia entre sí.
- Seis de las doce comparten más de un tercio de su contenido con otras escalas.
- La muestra es de conveniencia y lo declaran —sesgada hacia hombres jóvenes y hacia ciertos perfiles—, de modo que no permite generalizar.
La conclusión que sacamos no es que ese instrumento sea malo. Es la contraria, y es más incómoda: el intento mejor financiado del campo, con doce arquetipos y trece mil respuestas, solo lo consigue a medias. Eso dice más sobre lo que un cuestionario de arquetipos puede medir que cualquier advertencia que escribamos aquí.
Y un detalle que conviene no perderse. Entre 2010 y 2020, ese mismo equipo renombró tres de sus doce arquetipos: dos de ellos salían siempre en los puntajes más bajos porque la gente no quería identificarse con ellos. Probaron un nombre alternativo para uno y, en sus palabras, no funcionó. O sea que ni dentro de un mismo instrumento los nombres de los arquetipos se quedan quietos, y uno de los motivos del cambio fue la deseabilidad, no la psicometría.
Fuente: Blandin, Marr y Pearson, PMAI Manual (2021).
En qué fase se queda nuestro cuestionario
Construir un test con garantías tiene diez fases, y están enumeradas en la literatura del propio campo. El nuestro cubre las cinco primeras —marco general, definición de lo que se mide, especificaciones, redacción de los ítems y edición— y no cubre las cinco últimas: no hay estudios piloto, ni contraste con otros instrumentos, ni propiedades psicométricas medidas, ni versión final derivada de todo eso.
Decirlo así es comprobable; repetir «no es un instrumento validado» no lo es. Lo que sí hicimos con esa literatura delante: 6 afirmaciones por arquetipo y no cuatro, reparto exactamente parejo, y afirmaciones que describen conducta observable en vez de cualidades con las que cualquiera se identificaría.
Fuente: Muñiz y Fonseca-Pedrero, «Diez pasos para la construcción de un test».
Por qué una descripción que te encaja no prueba nada
En 1948, un psicólogo pasó a treinta y nueve estudiantes un cuestionario y una semana después les entregó a todos el mismo perfil, montado con frases sacadas de un libro de astrología de quiosco. La puntuación media de acierto percibido fue de 4,26 sobre 5.
Por eso cada una de las siete fichas de este sitio lleva un párrafo que dice con qué ese patrón NO es el tuyo. Sin él, siete descripciones arquetípicas favorables le encajan a cualquiera, y reconocerse deja de significar nada. Poder descartar seis es lo único que hace informativa a la séptima.
Fuente: Forer, «The fallacy of personal validation: a classroom demonstration of gullibility».
Y por qué estos siete no se cruzan con los nueve tipos
Este sitio explica dos modelos distintos: los nueve eneatipos y los siete arquetipos de Bolen. La pregunta obvia —«¿qué diosa corresponde a cada eneatipo?»— sería, con diferencia, la página más buscada de toda la sección.
No existe y no va a existir, por un motivo simple: ninguna fuente de este catálogo empareja las dos cosas. Ni Bolen, ni Jung, ni Roesler, ni ninguno de los autores del eneagrama. Una tabla de equivalencias no sería un hallazgo: sería un invento nuestro con aspecto de dato, y este sitio existe para no hacer eso.
Los dos sistemas tampoco describen lo mismo. Uno reparte nueve patrones alrededor de un miedo básico; el otro describe siete figuras que conviven a la vez en una misma persona y cambian a lo largo de la vida. Ni siquiera son el mismo tipo de objeto.
Esto no es una promesa: es una guarda. Hay una prueba automática que lee los archivos de contenido y las páginas de la sección, y rompe la compilación si alguna menciona el otro modelo. Esta página es su única excepción declarada, porque para decir que dos cosas no se cruzan hay que poder nombrarlas.