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Alcance y límites

De dónde viene el tarot: las cartas son del siglo XV, la lectura es de 1781

La versión corta: el objeto y el significado no tienen el mismo origen. Las cartas aparecen en Italia hace seiscientos años como un juego. La idea de que vienen de Egipto y esconden un saber milenario tiene fecha exacta, autor y editorial.

Revisado el 18 de septiembre de 2026.

La distinción que lo ordena todo

Las cartas no son la lectura. Es la misma distinción que ordena el origen del eneagrama, donde el símbolo y el sistema de nueve tipos resultan tener orígenes distintos. Aquí el hueco es todavía más grande: entre el objeto y el significado que hoy se le atribuye hay tres siglos.

La parte que sí está documentada

Las cartas aparecen a comienzos del siglo XV en el norte de Italia, probablemente a partir de cartas sarracenas —las mamelucas egipcias, de las que se conservan ejemplares en el Palacio de Topkapi de Estambul, fechados en el siglo XIII o el XIV— llegadas por las rutas comerciales de Venecia. Primero fueron mazos iluminados para familias gobernantes como los Visconti y los Sforza, y después se simplificaron al producirse en masa para el resto de la gente.

Es decir: cartas de juego, caras al principio y baratas después. No un códice sagrado.

Y los mazos de Marsella —los que se venden hoy como la tradición— tienen impresor y año, que es lo que convierte «antiquísimo» en algo que se puede mirar:

La cronología documentada y la lista de mazos con impresor y año. Fuente: Houdouin, Tarot de Marsella, edición Millennium: Compendium Tarologicum (2017).

Quién inventó el Egipto del tarot, y cuándo

En 1781, el pastor protestante y masón Antoine Court de Gébelin (1728-1784) publica el octavo volumen de su enciclopedia Monde Primitif y declara que el tarot viene de Egipto: «jeroglíficos pertenecientes al Libro de Thot rescatados de las ruinas de un templo milenario».

No había examinado las cartas. Publicó una copia mala del Marsella y, de paso, la cambió:

Y mientras lo hacía, afirmaba que estaba corrigiendo los «errores» del original.

Después vinieron los demás. Eliphas Levi (1816-1875) le encajó la cábala hebrea. Más tarde A. E. Waite intercambió los números de La Justicia y La Fuerza, que es la numeración que hoy usan casi todos los mazos anglosajones.

Y esto no lo dice un escéptico de fuera. Quien cuenta que Gébelin «confundió sus fantasías con realidades» es Alejandro Jodorowsky, en un libro suyo sobre el tarot. Es la misma clase de fuente que sostiene el artículo del eneagrama: allí son Riso y Hudson, de una escuela grande del campo, quienes dicen que Gurdjieff no enseñó nueve tipos de personalidad. Cuando la corrección viene de dentro, pesa más.

Gébelin, la fecha de 1781, lo que alteró, y lo que vino después con Levi y Waite. Fuente: Jodorowsky y Costa, The Way of Tarot: The Spiritual Teacher in the Cards (2009).

Un aviso sobre nuestras propias fuentes

Las dos que sostienen este artículo venden su propio mazo: Wilfried Houdouin el suyo, Jodorowsky el Camoin, y cada uno sostiene que el otro modelo se aparta del canon. Eso no invalida lo que aquí se cita —que Gébelin publicó en 1781 y alteró las cartas es comprobable lo diga quien lo diga—, pero se dice, porque este sitio declara los intereses de sus fuentes en vez de callarlos.

Por eso se les cita para lo comprobable —fechas, nombres, qué carta se llamaba cómo— y nunca para su tesis sobre cuál es la restauración correcta del Marsella.

Por qué esto importa y no es trivia

Porque la antigüedad se usa como argumento. «Un saber milenario» suena a sabiduría probada por el tiempo, y eso hace un trabajo enorme antes de que hayas mirado una sola carta. Pero la edad no es evidencia — y aquí ni siquiera hay edad: la lectura esotérica es más joven que los mazos que dice interpretar.

Hay algo casi cómico en el detalle: los mazos de Marsella que Gébelin decía descifrar llevaban ya un siglo impresos cuando él los declaró jeroglíficos egipcios. Noblet es de 1650; Monde Primitif, de 1781.

Entonces, ¿por qué una tirada encaja tanto?

Esa es la pregunta buena, y tiene respuesta medida desde 1948. Una descripción lo bastante general le calza a casi cualquiera: se llama efecto Barnum, y se demostró entregándole a un grupo de estudiantes el mismo perfil de trece frases y preguntándoles cuánto se reconocían. Todos dijeron que mucho.

Un arcano es más ambiguo que aquel perfil, no menos, y quien lo lee ya trae su propia vida encima para llenarlo. Por qué una descripción que te encaja no prueba nada.

La demostración que da nombre al efecto Barnum. Fuente: Forer, «The fallacy of personal validation: a classroom demonstration of gullibility».

Y por eso aquí no vas a encontrar un «¿qué arcano eres?». Los arcanos no son tipos de personalidad: nadie sostiene que alguien «sea» El Ermitaño de manera estable, y las cartas se sacan, no se puntúan. Montar ese test sería atribuirle al tarot una estructura que no tiene — que es exactamente lo que hizo Gébelin en 1781. Sería raro contarlo y repetirlo en la misma página.

Y tampoco vas a encontrar la tabla que sigue a ese test. Los arcanos, los nueve tipos y las siete diosas no se corresponden entre sí: ninguna fuente de este sitio los empareja, ni Houdouin, ni Jodorowsky, ni Bolen, ni Riso y Hudson. «Qué arcano es el eneatipo 4» es la página que más visitas traería de las tres secciones, y es exactamente la invención que este sitio existe para no cometer.

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